Todos somos muy parecidos

El fenómeno que se repite en cada encuentro

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Hay algo que pasa en cada juntada. Sin falta. Personas que no se conocen, que vienen de provincias distintas, que nunca se cruzaron, que fueron al mismo acto por primera vez en su vida... empiezan a hablar y descubren que son iguales.

No en el sentido vago de "tenemos cosas en común". Sino en detalles concretos, específicos, que hacen que la conversación se detenga y alguien diga: "¿En serio? Nosotros también."

Las mismas expresiones en dialecto. Las mismas comidas en la mesa familiar —cosas que no son típicas de ninguna región argentina, sino de un pueblo particular de Italia. Abuelos con los mismos hábitos: las carreras de caballos, no dejar nada en el plato, el orgullo por el trabajo.

Y algo más profundo: casi todos perdieron padres y abuelos demasiado pronto. Casi todos buscan ese referente del antecesor. Ese hilo que los conecte con quien vino antes.

"Eso es emocionante, movilizante", dice Marcos.

Y tiene razón. Porque ese parecido no es casualidad. Es la prueba de que, a pesar de los siglos, a pesar de los océanos, a pesar de las variantes del apellido y las distintas rutas que tomaron las familias, algo persiste. Una forma de ser. Un modo de estar en el mundo. Un carácter que se transmite sin que nadie lo enseñe.

Eso es lo que los Massacesi descubren cuando se juntan: que no son solo un apellido. Son una manera de ser.

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