Sergio Massacesi viajó al Mundial de Alemania 2006. Era el sueño de cualquier fanático del fútbol: estar ahí, en las tribunas, viviendo el evento más grande del deporte mundial.
Ahí, en el corazón de Europa, entre miles de hinchas de todo el mundo, se encontró con otro Massaccesi: Eduardo, que vive en la ciudad de Santa Fe. No se conocían. No eran parientes —al menos no en el sentido inmediato de la palabra. Pero compartían algo que, con el tiempo, la familia aprendió a valorar tanto como la sangre: el apellido.
Terminaron viajando juntos.
Ese encuentro fortuito en Alemania no fue un hecho aislado. Fue uno más de los encuentros espontáneos que la campaña presidencial de Horacio Massaccesi, años antes, había despertado. Cuando alguien con ese apellido se hacía visible —en la televisión, en la política, en el deporte— los demás Massacesi salían a buscarlo. Y casi siempre se encontraban.
Esa es la historia de esta familia: gente que no se busca por árbol genealógico, sino por reconocimiento espontáneo. Un apellido poco común que funciona como contraseña.